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¡Malditos prospectos!

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No cabe duda de que los prospectos son obligatorios por norma y por eso necesarios. Da la impresión de que solo por eso. Algunas ventajas tendrán, quizá. Pero ¿en cuántos casos contribuyen a mejorar la calidad de los tratamientos? ¿No tenéis la sensación de que en la mayoría de los casos la empeoran?

Que farmacólogos, planificadores, legisladores, abogados y otros sabios den sus razones para defenderlos. Aquí van otras para poner de relieve su contribución negativa a la terapia en la práctica cotidiana.

Los prospectos de los fármacos quizá informan al paciente, pero rara vez sobre lo que de verdad le interesa. Con mucha más frecuencia lo atemorizan, presentando largas listas de posibles efectos adversos. Plausibles, pero infrecuentes casi todos. De los frecuentes ya nos encargamos de informarles los que prescribimos los fármacos. Para eso estamos y explicar los efectos positivos y negativos es parte sustancial del hecho de recetar (que es un privilegio y a la vez una responsabilidad exclusivos del médico). Pero el temor generado por el prospecto lleva a multiplicar consultas y a hacer gastar tiempo en explicar cosas irrelevantes. O a veces a reclamaciones sin razón de ser. O incluso a denostar injustamente al profesional que prescribió el fármaco con toda corrección.

Las consultas por culpa de los prospectos también aumentan a causa de síntomas banales, que no siempre son debidos en realidad a efectos adversos. Son innumerables los fármacos en cuyos prospectos se mencionan mareo, tos, prurito, cansancio, dolores varios, molestias digestivas, calambres y mil y un síntomas inespecíficos más. Y no son pocos los pacientes que los presentan por otra razón o sin ninguna definida. Pero llegan a las consultas enarbolando los prospectos subrayados de verde o amarillo fosforito. Resaltando esos síntomas que a su entender los causa el medicamento y, en consecuencia, es culpa del médico no haberlos previsto.

Más trascendencia tiene la inhibición. Hay casos en los que la lectura de los prospectos causa tal pavor que el paciente decide por su cuenta no tomar el tratamiento o hacerlo a dosis menores de las prescritas. Lo cual puede tener consecuencias no desdeñables cuando los tratamientos protegen de complicaciones graves, caso de las terapias cardioactivas. Además, la decisión de no seguir las prescripciones se toma al principio, por lo que pasa bastante tiempo hasta que el profesional es informado (cuando lo es). Y tiene la oportunidad de persuadir con argumentos de la importancia de los efectos deseables y la irrelevancia de los indeseables.

Tampoco es raro que los pacientes que toman terapias de mantenimiento (cardioprotectoras por ejemplo) las abandonen temporalmente. Por su cuenta y haciendo gala de lo que han aprendido en los prospectos, aduciendo que pueden interactuar con otras terapias transitorias para patologías agudas o síntomas circunstanciales que se les han prescrito o -peor- que toman por su cuenta.

En cualesquiera de los casos citados (y otros más que se pueden añadir), todas son consecuencias desfavorables para la terapia, para la relación médico-enfermo, para la organización del sistema sanitario y para la economía. Una vez más, ¿sirven los prospectos para algo bueno?

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