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Congreso SEC La ingeniería tisular en un modelo porcino muestra cómo limitar secuelas tras el IM

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Un equipo del Instituto en Ciencias de la Salud Germans Trias i Pujol de Badalona, en colaboración con el grupo de Ingeniería Electrónica de la Universidad Politécnica de Catalunya (UPC) y el Centro de Cirugía de Mínima Invasión Jesús Usón (CCMI) de Cáceres, ha realizado un ensayo preclínico en un modelo porcino para evaluar la evolución de la función cardiaca y la cicatriz post-infarto tras la implantación de una bioprótesis de pericardio humano descelularizado enriquecido con células progenitoras de tejido adiposo cardiaco porcino.

Como explica la investigadora principal de este trabajo, la Dra. Carolina Gálvez-Montón, "recientemente se ha desarrollado el concepto de ingeniería tisular cardiaca, con el fin de favorecer la administración de células para regenerar el miocardio, puesto que la terapia celular ofrece baja captación celular y consecuentemente el efecto no es el deseado". Por tanto, se buscan alternativas para administrar estas células de una forma más efectiva, y para ello la ingeniería tisular utiliza diferentes materiales de soporte como son las membranas. "Las membranas actúan como óptimo reservorio de las células terapéuticas, y una vez puestas en contacto con el miocardio las células pueden migrar a la zona del infarto", comenta la Dra. Gálvez-Montón.

La membrana ha de ser biocompatible, pudiendo ser de origen sintético o natural. En este estudio, se utilizó un tejido natural descelularizado, favoreciendo la adhesión, supervivencia, migración, proliferación y diferenciación celular. El análisis de la evolución de la función cardiaca se efectuó mediante resonancia magnética nuclear mientras que el progreso de la cicatrización tras el infarto se realizó mediante un sistema de monitorización telemétrica por espectroscopia de impedancia (resistencia al paso de la corriente eléctrica) del tejido cardiaco dañado. "Cuando hay una cicatriz, el tejido es mucho más denso, y ofrece mayor resistencia al paso de la corriente eléctrica", aclara la investigadora.

Durante el estudio, se implantaron electrodos en las bioprótesis con células (animales tratados) y sin ellas (animales controles), conectados a una batería, que generaba impulsos eléctricos y a su vez recogía las señales del miocardio, cada 5 minutos durante 30 días. "La señal de impedancia se detectaba mediante una antena, en la sala donde el cerdo estaba estabulado, y así podíamos visualizar en un ordenador su evolución. Se trata de un sistema de telemetría, que puede ser conectado a cualquier ordenador. De hecho, los cerdos estaban en Cáceres y nosotros desde Barcelona realizábamos el seguimiento del animal", detalla Gálvez-Montón.

Uno de los grandes retos de la medicina regenerativa a nivel cardiaco es que se desconoce cuándo se han de administrar las células progenitoras para que su efecto sea óptimo. El principal objetivo de este estudio fue conocer cuándo actuaban las células. La impedancia al inicio del infarto ascendía en todos los animales (tratados y controles). Tras 48 horas, en los animales controles seguía siendo elevada en el tiempo (la cicatriz era densa), mientras que en los tratados con células, a partir de ese momento descendía. Las células empezaban a actuar generando una cicatriz menos densa y con mayor funcionalidad cardiaca.

"Vimos entonces cuándo actúan las células, de forma que podemos vislumbrar cuándo sería efectivo el tratamiento celular en el paciente. Estos resultados los corroboramos con análisis adicionales histológicos, y en los animales tratados la cicatriz tenía menor contenido de colágeno cicatricial. Además, el tamaño de infarto de los animales tratados era un 48% menor y tenían mejor función cardiaca que los controles, además de menor presencia de linfocitos T activados en la zona del infarto", concluye la Dra. Gálvez-Montón.