Las variantes patogénicas en el gen de la desmoplaquina (DSP) predisponen al desarrollo de una miocardiopatía arritmogénica con afectación predominante del ventrículo izquierdo —término actualmente incluido dentro de la miocardiopatía no dilatada del ventrículo izquierdo (MNDVI)— caracterizada por una elevada incidencia de eventos arrítmicos, progresión a insuficiencia cardiaca (IC) y episodios recurrentes de inflamación miocárdica.
La evidencia científica disponible indica que el ejercicio físico favorece la penetrancia de la enfermedad y el desarrollo de arritmias ventriculares (AV) en la miocardiopatía arritmogénica del ventrículo derecho (MAVD), especialmente en aquellos individuos con variantes en placofilina 2 (PKP2). Sin embargo, su impacto en la MNDVI, y concretamente en portadores de variantes patogénicas en DSP, no está tan claro.
El presente estudio, publicado en Heart Rhythm, analiza la relación entre el ejercicio físico de resistencia y el desarrollo de distintos eventos clínicos: AV sostenidas, IC clínica o episodios de daño miocárdico (definidos como síntomas compatibles, elevación de troponinas y exclusión de enfermedad coronaria por prueba de imagen), en individuos portadores de variantes clínicamente accionables en DSP.
En todos los participantes se documentó el tipo, la intensidad (METs) y la duración de la actividad física realizada desde los 10 años de edad mediante una entrevista telefónica estructurada. Se definieron dos grupos según la dosis estimada de ejercicio semanal: atletas de resistencia si superaban los 24 METhr/sem, y no atletas si no alcanzaban dicho umbral.
Se incluyeron 100 individuos portadores de variantes patogénicas o probablemente patogénicas en DSP, con una edad media de 36 ± 15 años y predominio femenino (66%). El 47% eran probandos, y hasta un 77% estaban clínicamente afectados en el momento de la evaluación basal, definida como primera valoración cardiológica en individuos asintomáticos o primera atención médica por síntomas relacionados con la enfermedad.
La cohorte mostró ser particularmente activa antes de la evaluación basal: la mediana de ejercicio global fue de 28,4 METhr/sem durante 24 años y el 60% cumplía criterios de atleta de resistencia. Tras la valoración inicial, la mediana de ejercicio descendió a 0 METhr/sem, con solo 8 individuos manteniendo niveles de atleta.
Durante una mediana de seguimiento de 4,9 años desde la evaluación inicial, no se reportaron fallecimientos y 4 pacientes requirieron trasplante cardiaco por IC avanzada y AV. Al final del seguimiento, el 29% de los individuos experimentaron el evento de AV sostenidas, 20% el de IC clínica y 29% el de daño miocárdico, considerando los eventos ocurridos antes de la primera evaluación médica y los posteriores.
En el análisis multivariante, el ejercicio de resistencia no se asoció de forma independiente con mayor riesgo de AV sostenidas (HR 1,00; IC 95% 0,5-1,98) ni de IC clínica (HR 0,86; IC 95% 0,36-2,05). Sin embargo, los atletas de resistencia mostraron un riesgo significativamente mayor de episodios de lesión miocárdica (HR 2,37; IC 95% 1,11-5,05). Además, aquellos participantes con episodios de daño miocárdico presentaron posteriormente un incremento del riesgo de AV (HR 7,86; IC 95% 3,56-17,33) e IC (HR 10,28; IC 95% 2,95-35,83).
Los autores concluyen que el ejercicio de resistencia podría favorecer la progresión de la miocardiopatía por DSP al incrementar el riesgo de episodios de lesión miocárdica; sin embargo, su efecto sobre la aparición de AV y de IC clínica resulta menos consistente.
Comentario
Este trabajo presenta la primera evaluación sistemática del impacto del ejercicio físico de resistencia en pacientes con miocardiopatía por DSP, ampliando la evidencia disponible hasta ahora, centrada fundamentalmente en portadores de variantes en PKP2. El principal hallazgo de este estudio es la asociación entre la práctica de ejercicio de resistencia y un mayor riesgo de episodios de daño miocárdico sintomático, un rasgo clínico característico de esta entidad.
No obstante, el estudio tiene limitaciones metodológicas relevantes que condicionan la interpretación de sus resultados. En primer lugar, la recolección retrospectiva del historial de ejercicio mediante entrevista telefónica introduce un riesgo significativo de sesgo de memoria. Los participantes, con una media de edad de 36 años en el momento de la evaluación inicial, fueron interrogados sobre su actividad física desde edades tan tempranas como los 10 años, lo que puede haber dado lugar a errores sustanciales en la cuantificación de la exposición al ejercicio y, en consecuencia, a una clasificación errónea de los pacientes.
En segundo lugar, la evaluación del único evento clínico que alcanza significación estadística —el daño miocárdico— se basa fundamentalmente en la presencia de síntomas y la elevación de marcadores de daño miocárdico, lo que limita su sensibilidad (impide descartar la existencia de episodios previos subclínicos o por los que no se consultara de daño miocárdico). Por otro lado, la temporalidad entre los episodios de daño miocárdico y las AV muestra una mediana de 0 años. Esto sugiere que, al menos en la mitad de los casos, ambos eventos se produjeron de forma concomitante. Esta coincidencia temporal dificulta establecer una relación causal clara y cuestiona la interpretación del daño miocárdico como evento mediador de la arritmia, dependiendo del orden de adjudicación de los eventos.
Finalmente, una revisión detallada de los resultados muestra que el análisis incluye eventos ocurridos tanto antes como después de la primera evaluación clínica, lo que aumenta el número total de eventos y la potencia estadística, pero introduce confusión al equiparar eventos prevalentes e incidentes, limitando de forma significativa la inferencia causal. En la tabla 4 del material suplementario, al estratificar a los pacientes según la continuidad de la actividad física tras el diagnóstico, no solo desaparece la significación estadística, sino que las tendencias numéricas apuntan en sentido contrario, con menos eventos de AV, IC y daño miocárdico en el grupo que mantuvo actividad física. Aunque este hallazgo puede explicarse por múltiples factores —menor intensidad del ejercicio, sesgo de selección hacia pacientes más sanos o asintomáticos y/o práctica de actividad física en edades más seguras—, el diseño del estudio no permite distinguir entre estas posibilidades.
En conjunto, estas limitaciones generan una ambigüedad que impide extraer conclusiones sólidas o establecer recomendaciones específicas sobre la práctica deportiva en pacientes con miocardiopatía por DSP. A falta de evidencia más robusta y específica, parece prudente mantener, por el momento, las recomendaciones actuales basadas en la evidencia más consistente disponible en la MAVD.
Referencia
- Alan P. Jacobsen, Katia Chiampas, Steven A. Muller, Alessio Gasperetti, Lisa R. Yanek, Richard T. Carrick,Catherine Gordon, Crystal Tichnell, Brittney Murray, Hugh Calkins, Lili A. Barouch, Cynthia A. James
- Heart Rhythm. Volume 22, Issue 11, pages 2924-2931, November 2025.


