Ha muerto Braunwald. Los cardiólogos de varias generaciones que se han formado a la sombra de su imponente figura no necesitan aclaraciones sobre su ingente obra, sobre sus aportaciones decisivas en la fisiopatología, manejo y prevención de la cardiopatía isquémica, o sobre los más de 80 estudios multicéntricos desarrollados por el grupo TIMI, que él fundó y lideró durante años. Pero Eugene Braunwald -Gene, para los amigos- era mucho más que un científico y un clínico; mucho más que el impulsor y coordinador del libro de texto canónico en cardiología.
Hace unos años lo invité a dar una conferencia en Málaga. Solo me puso una condición: quería conocer Granada, ciudad mágica apenas entrevista por él en una apresurada visita años antes. Por supuesto, acepté encantado, no en vano allí se había desarrollado mi infancia y adolescencia.
El tema de la conferencia versaba sobre lo que, a su juicio, había representado el avance más notable en cardiología en el año anterior; pero Eugene se las apañó para hablarnos no del pasado, sino del futuro, como solo son capaces de hacer los visionarios que, más cerca de los ochenta que de los setenta años, consideran que su tiempo es el que está por venir.
Por supuesto, luego pasamos unos días en Granada. Nos alojamos en un antiguo palacio morisco al pie de la Alhambra, paseamos por lugares vedados al público de la fortaleza roja, contemplamos el bellísimo crepúsculo desde San Nicolás, departimos en animada tertulia en la mansión de uno de los arquitectos que más saben de la Alhambra… Y Braunwald nos mostró que su curiosidad y su cultura traspasaban lo científico. Una de las claves de esa amplia cultura nos la dio él mismo, cuando alguien se extrañó de que disfrutara con los modestos espetos de sardinas de un chiringuito de playa cerca de Marbella. Nos dijo: “Es que yo nací en Europa”. Y sí, su familia de origen judío se vio obligada a emigrar de Austria en unos tiempos turbulentos. Su afirmación, con cierto orgullo de sus orígenes europeos, nos recuerda, en unos tiempos quizá tan turbulentos como los que vivió en su infancia, lo que muchos sentimos: que Europa es el último reducto de la civilización.
Poco tiempo después recibí un ejemplar de la última edición de su tratado “El Braunwald”, con una cariñosa dedicatoria de su puño y letra. Aunque hubo ediciones posteriores, esa fue la última que compré. Ninguna podría superar el afecto de aquel libro, que atesoro como recuerdo de un gran hombre.
Ha muerto el cardiólogo, el científico, el mito; pero también ha muerto el hombre culto, curioso, bueno. Ha muerto un sabio.
Descanse en paz.
Dr. Eduardo de Teresa Galván
Presidente de Honor SEC
